miércoles, 17 de diciembre de 2008
Vida
...¡Explota!
Y déjate llevar
Por las maravillas del viento
Las hojas caídas,
Caídas en pasado.
¡Recógelas!
¡Vístete con ellas!
Ahora son tus manos
Ahora son tu pelo
Son tus besos
Y son tus labios.
Es el viento
Que sale de ti
Y canta
Florece en forma de néctar
Que te embarra de vida.
Es tan fácil
Vivir muriendo
Es cuestión de pensamiento.
Es tan fácil
Morir viviendo
Es cuestión de amar.
sábado, 6 de diciembre de 2008
La Bestia en tu Talón
Érase entonces una pared, y sobre de ella, una puerta abierta, que permitía entrever un haz de luz amarillento y polvoso; y más al fondo, a Julieta, exhausta, cargando una maleta de cuero marrón. Julieta cerró dicha puerta y abrió su equipaje. Dentro de él no había más que un vestido de playa blanco y veinticinco jarras de cristal, todas rellenas de piedras más pequeñas que un escarabajo. Julieta tomó el vestido y lo colgó en el interior de un ropero antiguo, y después, colocó cada jarra sobre las vigas de la habitación.
Dicha cámara, era su alcoba. En ella, además del ropero, no existía otra cosa, a excepcion de una mesita redonda atestada de polvo y de un retrato ennegrecido sobre de ella. Julieta tomó el retrato, lo desempolvó, lo acercó a su rostro con ternura, y acarició con su mejilla una mejilla ajena.
Se apreciaba que las paredes se habían desteñido desde hacía ya tiempo; el tapiz en ellas estaba caído e impregnado de humedad, y ostentaban los signos del descuido y la podredumbre. La duela se hallaba en igual o peor estado, y además se había transformado en un imperio de termitas; y una ventana, que antes solía derramar muy bella luz, se había acostumbrado a alternar ubicaciones, por tímida, ya que al estar cegada por mugre y hollín, sólo podía mostrar nubes negras.
Julieta cayó en cuenta de que no podía vivir ahí, así. Habría que hacerse una limpieza. Tendrían que ser pintadas las paredes de un color especial, y después poblarlas, tapizarlas con cuadros. Habrían de desterrárseles a las méndigas termitas con alguna clase de artimaña. Además, debían ser arrancadas las tinieblas de la ventana, para que la ceguera no pudiese concebir engaño alguno.
Tras el ropero se hallaban, ocultos como infantes, una lata de pintura y una brocha cómplice. Julieta las hurtó de su escondite, y escaló junto con ellas la vieja mesa empolvada. Sin tomarse la molestia de remover el esmalte vetusto, ni tampoco la de cubrir su oscura y lacia cabellera, ni de cambiar sus prendas ni de quitarse el calzado, Julieta comenzó a pintar cinco caras de su cubo de color azul celeste, exceptuando las vigas, con la intención de reservarles su aspecto añejado y desnudo.
Al ir secando las paredes, Julieta las fue poblando con una infinidad de cuadros e imágenes de carabelas, galeones y barcos del año del caldo. Despues de colgar naves sobre su firmamento mediocre, su mirada tropezó con el paisaje volcánico en que se había transformado la duela. En menos de un instante, la azotó una brillante idea.
Dicha cámara, era su alcoba. En ella, además del ropero, no existía otra cosa, a excepcion de una mesita redonda atestada de polvo y de un retrato ennegrecido sobre de ella. Julieta tomó el retrato, lo desempolvó, lo acercó a su rostro con ternura, y acarició con su mejilla una mejilla ajena.
Se apreciaba que las paredes se habían desteñido desde hacía ya tiempo; el tapiz en ellas estaba caído e impregnado de humedad, y ostentaban los signos del descuido y la podredumbre. La duela se hallaba en igual o peor estado, y además se había transformado en un imperio de termitas; y una ventana, que antes solía derramar muy bella luz, se había acostumbrado a alternar ubicaciones, por tímida, ya que al estar cegada por mugre y hollín, sólo podía mostrar nubes negras.
Julieta cayó en cuenta de que no podía vivir ahí, así. Habría que hacerse una limpieza. Tendrían que ser pintadas las paredes de un color especial, y después poblarlas, tapizarlas con cuadros. Habrían de desterrárseles a las méndigas termitas con alguna clase de artimaña. Además, debían ser arrancadas las tinieblas de la ventana, para que la ceguera no pudiese concebir engaño alguno.
Tras el ropero se hallaban, ocultos como infantes, una lata de pintura y una brocha cómplice. Julieta las hurtó de su escondite, y escaló junto con ellas la vieja mesa empolvada. Sin tomarse la molestia de remover el esmalte vetusto, ni tampoco la de cubrir su oscura y lacia cabellera, ni de cambiar sus prendas ni de quitarse el calzado, Julieta comenzó a pintar cinco caras de su cubo de color azul celeste, exceptuando las vigas, con la intención de reservarles su aspecto añejado y desnudo.
Al ir secando las paredes, Julieta las fue poblando con una infinidad de cuadros e imágenes de carabelas, galeones y barcos del año del caldo. Despues de colgar naves sobre su firmamento mediocre, su mirada tropezó con el paisaje volcánico en que se había transformado la duela. En menos de un instante, la azotó una brillante idea.
Julieta montó de nuevo la vieja mesa, y tomó cada una de las jarras de cristal que había puesto sobre las vigas . Julieta las abrió todas, y sobre la duela podrida, fue vaciando la lluvia de piedras que venía cautiva, dentro de ellas. Fueron tantas piedras que llegó a cubrirse el suelo en su totalidad, y el reino de las termitas fue sometido sin mayor molestia. Las jarras, ahora vacías, habían perdido su peso. Incluso el techo se percibía más liviano.
Julieta estaba contenta ahora que su cuarto tenía el aspecto una costa improvisada, cuyos habitantes eran un ropero cobarde, una mesa pisoteada, y una flota de galeones volando por el firmamento. Julieta pasó de largo que había que limpiar la ventana. Había pasado tanto y tan poco tiempo, que no se percató de que estaba sumergida en la penumbra.
Julieta abrió el armario y sacó el vestido blanco y a dos polillas neonatas. Julieta se quitó el calzado, y con sus pies desnudos, comenzó a dar pasos sobre la superficie empedrada, y sustituyó el quejido de la duela y el cataclismo bajo sus pies por el sonido de las olas y de gaviotas falsas, por un horizonte repleto de carabelas surcando entre las nubes y por un amante implícito en el color del cielo, salpicado y derramado sobre de ella, a manera de gotas, círculos pequeños y azules que la hacían sentir tocada y manoseada por dedos invisibles que escurrían por la piel de sus brazos, que salpicaban en su cuello y la hacían sentir real.
El mar le celó en demasía y decidió hurtarla, tocándola. Ella gritó, extática. Sus cabellos explotaron como raíces ambarinas que manoseaban al viento. Blanco, su vestido no era más. Estaba lleno de manchas. Tampoco se había dado cuenta de que ya tenía calzado. Eran azules... ¡como él! Dos zapatillas.
Ella reía como una tonta. Julieta corrió y él la seguía, detrás y delante de ella, por todos lados, y en ella misma. Se toparon con paredes implícitas, y ambos las hicieron de un lado. Se hicieron en Venecia, y los cabellos de ella semejaban una catarata de caoba. Pero él, él ya no era. Iba sola, ella, en un canal en una góndola, torciendo los brazos, dando suspiros, y acariciándose el cuello. Posteriormente, se acercó una góndola vacía, luego dos, luego tres, y luego un enjambre. El canal se hizo un ajedrez de góndolas.
Y entonces Julieta lo vio. No a él, a ello. Ella pisó el agua y la hizo de piedra. De inmediato, un hilo extraño decidió arrancarle la ropa, el cabello, los ojos, la boca, la piel, y la desnudaba; la desnudaba de prendas y rasgos físicos. Paulatinamente, la despojó de sí misma, conservándola en su más pura esencia, y ella, ella volaba, tocando el suelo. Ella tenía alas, y eran de papel. El suelo era Venecia, y era un ajedrez de góndolas revoloteando alrededor de un ser incorpóreo.
Sin mayor aviso, el punto de fuga se perturbó por una bestia que brotó, y voló atravesando un túnel de columnas con forma de beso, que se acercó a ella, y la olfateó. Después, la vistió de saliva, la mordió, y le inyectó su veneno amarillo.
Aquella bestia poseía un sobrepeso descomunal. La bestia era tan pesada que la aplastó a ella, aplastó el suelo de góndolas, y aplastó a todas las columnas que soportaron Venecia. El suelo abrió sus quijadas y los devoró a bestia y presa juntas mientras se mataban haciéndose el amor. Y es que la bestia era demasiado pesada. La bestia, era una termita. Era más grande que Julieta. Era real, y estaba devorando sus talones desnudos embarrados de pintura.
El cielo se caía a pedazos, y las naves, una a una, desfallecían; unas se hacían pedazos con la superficie del océano, y las otras, estaban infestadas de termitas.
El mar le celó en demasía y decidió hurtarla, tocándola. Ella gritó, extática. Sus cabellos explotaron como raíces ambarinas que manoseaban al viento. Blanco, su vestido no era más. Estaba lleno de manchas. Tampoco se había dado cuenta de que ya tenía calzado. Eran azules... ¡como él! Dos zapatillas.
Ella reía como una tonta. Julieta corrió y él la seguía, detrás y delante de ella, por todos lados, y en ella misma. Se toparon con paredes implícitas, y ambos las hicieron de un lado. Se hicieron en Venecia, y los cabellos de ella semejaban una catarata de caoba. Pero él, él ya no era. Iba sola, ella, en un canal en una góndola, torciendo los brazos, dando suspiros, y acariciándose el cuello. Posteriormente, se acercó una góndola vacía, luego dos, luego tres, y luego un enjambre. El canal se hizo un ajedrez de góndolas.
Y entonces Julieta lo vio. No a él, a ello. Ella pisó el agua y la hizo de piedra. De inmediato, un hilo extraño decidió arrancarle la ropa, el cabello, los ojos, la boca, la piel, y la desnudaba; la desnudaba de prendas y rasgos físicos. Paulatinamente, la despojó de sí misma, conservándola en su más pura esencia, y ella, ella volaba, tocando el suelo. Ella tenía alas, y eran de papel. El suelo era Venecia, y era un ajedrez de góndolas revoloteando alrededor de un ser incorpóreo.
Sin mayor aviso, el punto de fuga se perturbó por una bestia que brotó, y voló atravesando un túnel de columnas con forma de beso, que se acercó a ella, y la olfateó. Después, la vistió de saliva, la mordió, y le inyectó su veneno amarillo.
Aquella bestia poseía un sobrepeso descomunal. La bestia era tan pesada que la aplastó a ella, aplastó el suelo de góndolas, y aplastó a todas las columnas que soportaron Venecia. El suelo abrió sus quijadas y los devoró a bestia y presa juntas mientras se mataban haciéndose el amor. Y es que la bestia era demasiado pesada. La bestia, era una termita. Era más grande que Julieta. Era real, y estaba devorando sus talones desnudos embarrados de pintura.
El cielo se caía a pedazos, y las naves, una a una, desfallecían; unas se hacían pedazos con la superficie del océano, y las otras, estaban infestadas de termitas.
- Efrén Flores
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